Edgar Borges. La contemplación: identidad y dualidad (I)

La identidad es uno de los grandes temas clásicos de la literatura, esos que siempre son (re)explorados. Muchos de los grandes autores han trabajado con este tema y nos han proporcionado enfoques nuevos. El problema de la identidad es recurrente en la obra de Edgar Borges. Aparecía claramente en su obra ¿Quién mató a mi madre? así como en ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe? En La contemplación hay un salto: más allá del argumento aparente se plantea una lucha de contrarios y, de vez en cuando, se nos inmiscuye la pregunta de si esos contrarios lo serán verdaderamente.

Ya Aristóteles abordó el problema de la identidad. La entidad es aquello que es siempre sujeto, nunca predicado. A la entidad se le puede adjudicar como predicado, bien una sustancia segunda, bien un accidente, algo que sea accesorio hasta cierto punto. Así, Don Quijote (entidad o sustancia) es un hombre (sustancia segunda) flaco (accidente). Al final de lo que trata la identidad es de la determinación de la esencia, de aquello que está más próximo al ser. Por eso hay la separación entre hombre, sustancia segunda, y flaco, mero accidente y más alejado de la esencia  (aunque quizá, dado el humor cervantino, dudemos sobre si esa extrema delgadez es algo esencial en Don Quijote). Cuando decimos de dos objetos que son iguales, estamos buscando esa esencia común a ambos.

San Agustín, en gran medida, se enfrentó a la lucha de contrarios en el problema del mal. En su época, luchó contra el maniqueísmo, contra la creencia de dos principios opuestos e irreductibles: el bien (La Luz) y el Mal (Las Tinieblas). El cuerpo y la materia forman parte del mal, del demonio. El hombre no tiene ninguna responsabilidad por ello. En el maniqueísmo, al no ser el mal cosa del hombre, este está eximido. Como mucho aspirará a separar Luz y Tinieblas, regresar a un idealista estado original. Pero el obispo de Hipona nos dice que el hombre sí tiene responsabilidad, ya que (y he aquí su concepto básico) es libre  para decidir. Y, a diferencia de lo que creían los griegos, la libertad no es algo del raciocinio, sino de la voluntad. De este forma, se puede conocer perfectamente cual es el bien y, sin embargo, hacer el mal.

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