Edgar Borges: ¿Quién mató a mi madre? (y II)

En ¿Quién mató a mi madre? Edgar Borges explora a una persona, ya muerta, indaga sobre su identidad. Van a ser un libro y entrevistas con los dos hijos de la víctima los que usaran los detectives para tratar de echar luz sobre el asunto. La resolución del misterio se mezclará con una indagación de la identidad en la víctima (problema casi obsesivo en la literatura de Edgar Borges). El autor plasma aquí una serie de tesis casi estructuralistas (recordamos al recientemente fallecido Claude Lévi-Strauss): sólo podremos conocer a la Madre muerta a través de las relaciones con el resto de su familia, ella forma parte de esa estructura y sólo en ella la podemos conocer. El problema será que la visión individual de cada hijo no podrá ser más diferente (debido a la diferencia existente en el “ideal” de persona entre ambos). Así veremos a la madre como un ser excelso que odia lo vulgar, lo cotidiano, o bien como un ser odioso, precisamente por esa pretensión continuada de ser genial, de amar lo extraño, lo inverosímil. El contraste con la figura del padre, en este caso una persona muy convencional, se muestra entonces muy claro, e inundará toda la obra como una clásica lucha gnóstica entre bien y mal (pero la identificación variará según el hijo que hable). La madre y el padre serán personajes que nunca se harán presentes. Serán conocidos estrictamente por el testimonio de otros.

Especialmente interesantes se presentan las entrevistas y la presentación de escenarios. Como en la obra posterior del mismo autor (recordemos ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe?) se presenta aquí un escenario que recuerda al teatro: es mínimo y por ello, vital.

La acción transcurre en una casa, y diríamos mejor que en la mayor parte de la historia, en una parte de la misma, una parte mínima y donde Edgar Borges presenta una serie muy escasa (e imprescindible a mi juicio) de elementos, que son altamente significativos y simbólicos. Entre todos ellos se destaca una pequeña biblioteca, que resultará fundamental para el desarrollo de la trama. En torno a la misma crece la figura de la madre, del padre, de los hijos, de los libros escritos por la familia, de los detectives. Aquella biblioteca (apenas una estantería) es un espacio generador de esta narración, casi (simbólicamente) de la literatura en sí.

Gran parte de lo demás es espacio vacío. De vez en cuando sabemos que algo está ocurriendo fuera de nuestro alcance (escuchamos sonidos) como si estuviésemos en una obra de teatro que pretendiese romper la cuarta pared, la del público, sugiriendo que hay una historia que discurre más allá de la historia misma, una especie de metahistoria. Como hay espacio vacío, también hay espera, un tiempo vacío que se sugiere al hablar de la cantidad de entrevistas que los detectives van a realizar, La idea de que todas ellas son necesarias para la resolución. Mientras no se finalice, toda acción ajena a la historia va a ser suspendida, eliminado cualquier atisbo de vida normal fuera de la resolución del problema: los personajes no viven, sólo tratan de resolver el misterio.

Lo intentarán, y verán que no podrán. Jorge Luis Borges habló de la historia como creación literaria y, por tanto, de una cierta creación de la vida en sí. Edgar Borges sigue la línea: aquí los derroteros vitales están indisolublemente unidos a la literatura (ésta es, por tanto, un ente creador). Y si la literatura es fuente de vida, también lo es de locura; la locura que se manifiesta en esos personajes Beckettianos que siempre parecen resueltos a esperar un poco más; esperar por el fin de un proceso que, como el de Kafka no lo tiene; esperar, en definitiva, condenados a ser siempre unos observadores del pasado de su madre muerta: ¿conseguirán algún día la redención?

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