Miguel Andrade: ¿plano o redondo? (y II)

Continuamos con Miguel Andrade, tal y como lo habíamos dejado.

Como esquema, algunos autores entresacan las siguientes líneas básicas de los personajes redondos (se puede consultar la web http://www.lapaginadelguion.org/persredon.htm):

1) El personaje redondo obedece a cierto tipo de diseño, es un tipo de construcción y, por tanto, las reglas que regulan su creación pueden ser enunciadas y transmitidas.

2) El personaje redondo es fundamentalmente medido y reconocido por su efecto (de real) en el espectador. Este efecto no es otro que el de aparecerse frente a un espectador cualquiera (que forzosamente tendremos que suponer nosotros, r lo menos, occidental y contemporáneo) como una persona.

3) El tipo de construcción mental que convoca el personaje redondo en un lector cualquiera es similar al que en él induce una persona verdadera. En este sentido el personaje redondo se inserta en una verosimilitud engastada en el común de los discursos sociales.

4) Una de las dimensiones de mayor importancia en el personaje redondo es el de su investidura psicológica, de cuya complejidad da cuenta su diseño. El personaje redondo permite al lector, por inferencia, percibir y reconstruir el efecto de un verdadero aparato psicológico (tal y como dicho aparato psicológico es concebido en el interior de ese entramado de discursos sociales cuya complejidad apenas nos aventuramos a mencionar).

5) El personaje redondo convida al espectador a la identificación.

6) Un personaje redondo es, para muchos autores, un personaje bien hecho. Existe una valoración generalizada de su aparición como elemento primordial de cualquier historia realista estructurada en forma clásica.

Podemos comprobar como, en resumen, estas líneas maestras del personaje redondo se centran en su construcción como una persona y en su efecto como tal en el lector. La prueba parece ser semejante a ese simulacro clásico de la inteligencia artificial, el test de Turing, donde el sujeto experimental tiene que averiguar si lo que tiene al otro lado es una máquina o una persona. En mi opinión personal, estas líneas maestras padecen un enfoque excesivamente influenciado por el realismo (mejor díría naturalismo) literario. Es cierto que este elemento es importante, pero también lo es la idea de Forster sobre la sorpresa: muchos personajes nos gustan porque nos sorprenden, porque son originales; también importantísima es la aportación de Todorov: un personaje debe ser dinámico y presentar contradicciones y conflictos.

El realismo en sí mismo, no constituye un esencial valor artístico (esa idea de los filósofos griegos del arte como imitación, mímesis de la naturaleza debería ser inviable a estas alturas). Imaginemos que reproducimos con total exactitud a la persona más aburrida que conozcamos. ¿Tenemos garantías que el personaje así creado, a pesar de que su correspondencia sea exacta, vaya a ser un personaje memorable? No, no la tenemos. Austin Warren y Rene Wellek afirman claramente que la psicología es un elemento de fondo más en la literatura, pero en sí misma no es un valor artístico. No obstante, sí que puede, adecuadamente utilizada, ayudar a crear una sensación de cohesión y verosimilitud en el personaje. Sencillamente, no creo que Don Quijote, Gregor Samsa, Funes el memorioso, Madame Bovary, Marlowe, Prometeo, Sísifo, Hans Castorp o el protagonista de Diario de un ladrón de Jean Genet (por citar algunos), sean extraordinarios por su aproximación sin mácula a modelos psicológicos reales. De hecho, Warren y Wellek recogen (cito textualmente):

Cabe, por supuesto, plantear la cuestión de si el autor ha logrado realmente incorporar la psicología en sus personajes y en las relaciones entre ellos. No cuenta la simple exposición de su saber o de sus teorías. Estas son “materia” o “fondo”, como cualquier otra clase de información que se encuentra en la literatura, verbigracia, datos tomados de la navegación, de la astronomía o de la historia…Los intentos de encuadrar a Hamlet o a Jaques en algún esquema de psicología isabelina inglesa resultan equivocados, ya que la psicología isabelina era contradictoria, confusa y confundente, y Hamlet y Jaques son algo más que tipos. Aunque Raskólnikov y Sorel encajan en ciertas teorías psicológicas, sólo encajan en ellas de un modo incompleto o discontinuo… Estas obras no son, fundamentalmente, estudios psicológicos o exposiciones de teorías sino dramas o melodramas, en los cuales son más importantes las situaciones notables que la motivación psicológica realista. Si se examinan las novelas de “corriente de conciencia”, no se tarda en advertir que no hay reproducción “real” de los procesos anímicos reales del sujeto, que la corriente de conciencia es más bien un artificio para dramatizar el espíritu.

Y esto me da para aportar otro elemento a la discusión, un elemento relacionado con el carácter mortal de lo humano. Muchos personajes son grandes por la convivencia en ellos de lo lo divino y de lo demoníaco, por la lucha entre estos elementos, por ser casi dioses, héroes, condenados o incluso todo a la vez. Los hombres no dejamos (ni parece que lo vayamos a hacer en el futuro) de aspirar a lo eterno, a lo perfecto; nos gusta contemplar este acercamiento a la perfección y, si no puede ser en nosotros mismo, que al menos sea en otros. La gran literatura siempre ha mostrado a personajes inmersos en esta problemática, bien como afirmación (heroes, dioses) o bien como negación (antihéroes, malvados demoníacos) o mixturas (el inolvidable Jekyll y Hyde de Stevenson).

 

 

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