Miguel Andrade: ¿plano o redondo? (I)

No se suele dudar acerca de la importancia de los personajes en una narración, especialmente si ésta es larga (soy de la opinión de que en un cuento o relato corto, la sucesión de ciertos hechos, presentados como inevitables y, a la vez, como ineludibles, es mucho más importante). En mi opinión Miguel Andrade Seoane, el protagonista de  La noche de las palabras de Luis Pousa es un personaje atractivo, con potencial para seguir existiendo en una especia de saga (que algunos lectores y críticos parecen ya pedirle al autor): ¿Llegará Andrade a trascender el ámbito de lo literario y convertirse en un elemento de la vida cotidiana (recordemos dantesco, kafkiano, quijotesco…)? Lo que no puede negarse es que lleva dos apellidos muy ilustres: Andrade (familia aristócrata gallega de rancio abolengo) y Seoane (Luis Seoane fue un ilustre pintor y escritor gallego)

Pero, ¿es Miguel Andrade Seoane un personaje plano o redondo? Como consecuencia de su amnesia busca sus orígenes, se analiza a sí mismo. En algún momento de la historia sufre cierta repugnancia ante algunas de sus costumbres, lo que constata una cierta evolución. Por otro lado, presenta elementos bohemios muy comunes (quizá excesivamente) con el carácter que se le supone a un artista (aunque ahora es muy corriente que el artista se muestre como el más común de los mortales, quizá en un intento, vano para mí, de igualarlo con el resto de los mortales). Andrade es, en cierta forma, un especialista. No le interesan demasiadas cosas: la pintura, la filosofía, ciertas películas y literaturas, las mujeres (como elemento estrictamente maquinal y sexual; en ese sentido elimina casi hasta la búsqueda donjuanesca del placer de la conquista, de un amor efímero; nada de eso hay). Le interesa además, de una forma compulsiva, el coleccionismo de casi cualquier cosa (hay en este afán un sentido estético por los objetos coleccionados y una enfermedad de acumulación: no deja de ser Andrade un Diógenes, que acumula todo tipo de objetos inservibles en lo práctico).

Hay en Andrade un desprecio por lo cotidiano, por lo práctico. Esta dimensión la ha anulado casi de  forma completa. No muestra interés intelectual por tecnologías o industria moderna; mucho menos por familia o amigos. Es especialmente notoria su rechazo a esta institución: carece de padres, sus matrimonios fueron totalmente  fallidos, no se imagina “paseando un carrito de bebé”. Algo parecido sucede con sus amigos. Lo más parecido a uno es su galerista, un cínico. Sus relaciones de amistad están sustituidas por su fetichismo: hacia las mujeres – objeto, hacia los objetos que también colecciona, hacia libros y artistas que admira. 

La denominación de personaje redondo es introducida por el escritor Edward Morgan Forster (1879 – 1970), en su breve libro de crítica literaria titulado Aspectos de la novela. En él. Forster crea esta costrucción en contraposición con otra, la del personaje plano o tipo. Cito textualmente:

Podemos dividir los personajes en planos y redondos. Los personajes planos fueron llamados “humores” durante el siglo diecisiete y a veces son denominados “tipos “ y otras veces caricaturas. En su forma más pura, están construidos alrededor de una única idea o cualidad. Cuando existe más de un factor en ellos,  entonces ya estamos en el comienzo de la curva hacia lo redondo…

Más adelante, Forster afirma:

Debemos admitir que los personajes planos no constituyen, en si mismos, un logro tan grande como los personajes redondos, y también que aquellos son mejores cuando son cómicos. Un personaje plano que sea serio o trágico es candidato a convertirse en un fastidio […] Es sólo el personaje redondo el que se puede mantenerse siendo trágico a través del tiempo y puede provocar en nosotros una variedad de sentimientos…

Forster establece la distinción entre personaje redondo y plano estudiando su efecto en el lector. Esto lo matiza y mejora Todorov:

… según su grado de complejidad, se oponen los personajes chatos [es decir, planos] a los personajes densos [o personajes redondos]. E. M. Forster, que insistió sobre esta oposición, los define así: “El criterio para juzgar si un personaje es denso reside en su actitud para sorprendernos de manera convincente. Si nunca nos sorprende, es chato.” Tal definición se refiere, como vemos, a las opiniones del lector acerca de la psicología humana “normal”; un lector “sofisticado” se dejará sorprender con menos facilidad. Los personajes densos deberían definirse más bien por la coexistencia de atributos contradictorios; en esto se parecen a los personajes “dinámicos” [es decir, los personajes que cambian en el transcurso de la historia], con la diferencia de que en estos últimos tales atributos se dan en el tiempo.

A ello, Chatman le añade la indeterminación semántica:

Decir que los personajes son capaces de sorprendernos consiste en decir, de otra manera, que son personajes “abiertos”. Anticipamos, en realidad por la demanda que nos hacen, la posibilidad de descubrir en ellos nuevos e insospechados rasgos. De esta manera, los personajes redondos funcionan como construcciones abiertas, susceptibles de ser exploradas siempre más allá…

Pero esto no parece tener en cuenta que, por muy abierta que pueda parecer un personaje redondo, nunca podríamos afirmar que esté exento de cierto carácter convencional. Por ello, Casti:

La línea que separa al personaje plano del personaje redondo es, obviamente, una línea poco clara. La diferencia es más relativa que absoluta, porque a menudo un personaje plano puede ser adornado con detalles personales realistas que tienden a hacer de él una persona más completa, mientras que el personaje redondo, a pesar de su mayor complejidad, puede consistir en una combinación convencional de rasgos. Cuando se habla en términos relativos el personaje redondo puede interpretarse como un todo complejo, un todo que, particularmente, encierra ciertos rasgos contrastantes, e incluso contradictorios, de personalidad y de carácter. La cuestión central suele desarrollarse alrededor de sus contradicciones internas y de sus conflictos, aun cuando estos conflictos internos pueden mostrarse, en sí mismos, como estereotipos convencionales. Dentro del estilo realista del drama y del film, el personaje redondo, el cual es hasta cierto punto complejo pero mantiene un patrón definido, ha devenido en el paradigma de la caracterización efectiva.

Algunos autores, como Linda Seger, realizan un paralelismo con los personajes tridimensionales de Lajos Egri (éste define los personajes tridimensionales como aquellos con rasgos fisiológicos, psicológicos y sociológicos). Según Seger:

Todos hemos visto personajes estereotipados, definidos únicamente por su aspecto físico. Son personajes unidimensionales. Los personajes bien definidos son más abiertos más sustanciales. Conocemos diversos aspectos de ellos. Entendemos su forma de pensar. Los vemos actuar y somos conscientes de su estado emocional a través de sus reacciones. Pensamientos acciones y emociones pueden ser definidas como las tres dimensiones del personaje. Con cualquier personaje bien definido, alguna de estas categorías será más fuerte, pero todas contribuyen a la creación de un personaje tridimensional.

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