Prólogo de Menéndez Salmón

Dialogar con los padres

Nomen est omen. Nadie puede llamarse Edgar Borges en vano. Su destino, tarde o temprano, saldrá a buscarlo, y no sólo para hacerlo escritor,  sino para dotarlo de temas. Tomará de su nombre la atmósfera, la alucinación sinestésica, el gusto por el escalofrío; de su apellido heredará el gusto por el vocablo resonante, amén de cierto filosofema según el cual espejos y cópula son terribles porque multiplican el número de los  hombres. De todo esto, y de algo más, se habla en este relato. Quien sabe si doppelganger de sí mismo, Edgar Borges dialoga en él con sus dos padres in pectore y postula la muerte del primero a manos de uno de los temas favoritos del segundo: el impostor, el revés de la trama, la verdad de las mentiras.

Desde Anfitrión y Sosias, nacidos de la imaginación de Menandro, hasta el hombre duplicado de Saramago; desde el brillante juego metaliterario de los varios redactores del Quijote hasta el Athanasius Pernath de Meyrink, la historia de la literatura ha prestado especial atención a ese fenómeno fascinante que es la duplicación de la personalidad, la fractura del individuo, la existencia en un solo cuerpo de distintos modos de sentir, expresar y manifestar una actitud ante el mundo; en una palabra, la constatación del poliedro que somos.

Frente al sueño cartesiano que procura la fácil pero fallida huida hacia el dualismo alma/cuerpo, la literatura ha revestido de un halo fantástico las indagaciones a propósito del aspecto proteico del ser humano. La fantasía ha operado, pues, como una magnífica coartada para justificar el artefacto literario, pero también como un instrumento enormemente sutil para desentrañar buena parte de nuestra constitución más íntima, de ese sustrato oscuro, siempre difícil de definir, sobre el que operan nuestras voliciones.

Doble o nada: esa es nuestra condición. Frente al universo maniqueo de luz y tinieblas, serafines y lamias, se impone la evidencia, tantas veces perceptible en nuestra vida cotidiana y tantas veces expresada por los artistas, de que somos seres intermedios, peatones de lo ambiguo, entes pascalianos que pululan entre la alimaña y el dios.

Acabado el relato y aceptado el envite, las preguntas siguen en pie, indemnes: ¿Quién es el verdadero autor de “El gato negro”, el Poe alcohólico y desastrado o su speculum elegante y altivo? ¿Somos personas que leemos personajes o personajes leídos por personas?¿Quién cuelga a quién del arbol de infortunio: el Tiempo al Arte, o el Arte al Tiempo? Y, sobre todo, ¿qué destino imposible de obviar se esconde detrás de un escritor llamado Edgar Borges en diálogo con sus ancestros? 

Ricardo Menéndez Salmón, escritor

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: